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jueves, 1 de septiembre de 2022

HABLADME PIEDRAS. Pontevedra, historia y leyendas


 Autor: José Benito García

Editorial: Alfil Difusión Cultural
Año 1ª edición: 2013
Año 4ª edición: 2019
Paginas: 413
P.V.P.: 23,00€
Disponibilidad: En stock
Pedidos: joseb.garcia27@gmail.com    






    Esta obra nace con el objetivo de reunir en un solo volumen, historia, leyendas, anécdotas, personajes, monumentos, calles, plazas y todo lo que de interés encierra la Zona Monumental de Pontevedra. 
     Para su elaboración se han recopilado innumerables datos, teniendo en cuenta el inmenso trabajo realizado por grandes escritores, investigadores, historiadores, fotógrafos y dibujantes que ha tenido y tiene nuestra ciudad, así como foráneos, y que plasmaron en numerosos trabajos. 
    Hemos incluido también las anécdotas y leyendas que de forma verbal han pasado de una generación a otra. 
    Si bien por su configuración no debe considerarse como un libro de historia, sí debe quedar constancia del minucioso trabajo de investigación con metodología y rigor histórico seguido en su elaboración. 
    Este libro-guía se estructura en cinco recorridos que abarcan casi por completo toda la Zona Monumental, con la intención de facilitar al lector la opción de efectuar el recorrido a pie mientras realiza la lectura

NEGRA Y MISTERIOSA. La Pontevedra oculta

Autor: José Benito García

Editorial: Alfil Difusión Cultural

Año: 2018

Páginas: 189

P.V.P.: 20,00€

Disponibilidad: Agotado


    La historia de una ciudad es también la historia de sus crímenes y de sus misterios. 

    En esta obra el autor nos muestra los crímenes que mayor impacto causaron en la ciudad y los múltiples misterios que la rodean: personajes, historia, monumentos... 

DONDE LA SALMUERA. La Moureira y sus gentes


Autor: José Benito García

Editorial: Alfil Difusión Cultural

Año: 2017

Páginas: 411

P.V.P.: 24,00€

Disponibilidad: En stock

Pedidos: joseb.garcia27@gmail.com



    La Moureira, para muchos pontevedreses, apenas es un viejo topónimo de una época pasada que está apunto de olvidarse de la memoria colectiva. Hoy, este viejo barrio marinero pontevedrés, verdadero impulsor económico de la Pontevedra de los siglos XV y XVI, languidece entre la desidia de unos y el olvido de otros.  

    Esta obra  lo que pretende es plasmar en sus páginas, y así lo ha recogido el autor, los recuerdos que todavía nos pudieron aportar sus mayores, esos recuerdos, esos momentos que, por desgracia y como diría Roy Batty: "se perderán como lágrimas en la lluvia".

martes, 28 de septiembre de 2021

Las gárgolas de Santa María

 Si observamos con detalle todos los templos religiosos de nuestra ciudad, comprobaremos que tan solo en uno podemos contemplar una representación de las gárgolas con ese aspecto que las define como seres monstruosos y grotescos, entes celosos del templo que protegen y de los fieles que vigilan. Es en la basílica de Santa María La Mayor donde tenemos esa representación.

La palabra Gárgola proviene del francés gargouille, originalmente garganta. A su vez, este deriva del latín gurgulio o gargula, y, más atrás, de la raíz indoeruropea Gar, "tragar".

Si bien desde la antigüedad ya se contemplaba la existencia de elementos similares a las gárgolas, como los grifos o las quimeras, podemos asegurar que fue en la Edad Media, con la aparición del gótico, cuando las gárgolas ganaron en detalle y fueron profusamente usadas para decorar iglesias y catedrales, adquiriendo, además, un curioso rasgo distintivo: las figuras eran intencionadamente grotescas.

En arquitectura, las gárgolas son la parte final del canalón por donde se vierte agua de los tejados. Aunque cumplen funciones decorativas y simbólicas, su principal uso es como desagüe y sumidero para desviar el agua de la lluvia y evitar que cayera por las paredes erosionando la piedra de los edificios.

Las primeras gárgolas aparecen en la época del gótico, concretamente durante el siglo XIII, cuando se transforman en el sistema predilecto de drenaje. Parece que los primeros ejemplos góticos de gárgolas son las que se pueden observar en la Catedral de Lyon, seguidas de las que pueblan Notre-Dame de París.

Cuando a inicios del S. XII comienzan a producirse ciertos cambios en el pensar y en el comportamiento de los europeos en general, con una clara tendencia hacia el liberalismo, la Iglesia decide construir templos de gran altura, con un nuevo estilo arquitectónico, el gótico, templos con torres muy altas y con grandes vidrieras en su interior, para que lo iluminen intensamente. Este juego de iluminación debía reflejar la presencia divina dentro del templo, mientras que la gran altura dada a la construcción debía dejar la sensación en la población de la grandeza de Dios. Además, estos santuarios podían ser vistos desde cualquier parte del pueblo o comunidad.

Son muchas las explicaciones que se han planteado a lo largo de los siglos para revelar el significado oculto de las gárgolas. Parece que su función simbólica era la de guardar el templo frente al mal, símbolos mágicos que mantienen alejado al diablo y atemorizan a los pecadores. La Iglesia mantenía la creencia de que los fieles se comportaban de una manera en el templo, pero cuando lo abandonaban su comportamiento era pecaminoso. Concibieron las gárgolas como seres monstruosos y se los mostraron a los fieles como vigilantes que desde las alturas podían observar a todos los miembros de la comunidad, amedrentarlos y recordarles constantemente el destino trágico de su alma, lo que les esperaba si se desviaban del buen camino, le recordaban la necesidad de seguir los preceptos religiosos y así librarse del infierno.






lunes, 11 de enero de 2021

Benito Soto. Solo un pirata

 


Para nuestra desgracia y estigma Benito Soto nació en Pontevedra, en el Arrabal de la Moureira, el 22 de marzo de 1805, así consta en los archivos parroquiales de la iglesia de Santa María. Fue matriculado como marinero el 18 de noviembre de 1823, contando 18 años, y su vida no tuvo mayor relevancia hasta los hechos que a continuación se narran. Esta es su verdadera historia.

En su hoja de embarque se le describe con pelo y cejas castaño, hoyoso de viruelas y ojos negros, y la descripción que dan sus secuaces al ser apresados es de un hombre alto, color trigueño, picado de viruelas, cerrado de barba, con patillas negras, grueso, ojos y cejas negros, nariz y boca regulares, pelo negro, con un dedo, que es el pequeño de la mano derecha encogido y en la rodilla izquierda una cicatriz.

Todo comenzó el 22 de noviembre de 1827, cuando partió del puerto de Río de Janeiro el ber­gantín brasileño Defensor de Pedro, al mando del Capi­tán de Fragata de la marina imperial del Brasil don Pedro Mariz de Sousa Sarmento, armado en corso y mercancía, con 40 hombres de tripulación y destinado a la compra de negros en la costa africana para el comercio de esclavos.

Benito Soto embarcó en el bergantín con la plaza de segundo contramaestre, y según resultó en la causa, ya se había ejercitado antes de esta época en la vida pirática, a la que intentaba arrastrar a los demás. Este hombre unía a una clara inteligencia, un carácter indomable y los más feroces instintos criminales, puestos de manifiesto más de una vez con los duros castigos que aplicaba a los marineros de a bordo.

El 3 de enero de 1828 dan vista a las costas africanas y fondean en el surgidero de Ohue, punto elegido para entablar las relaciones con los reyezuelos del país. En la noche del 26 de enero de 1828, aprove­chando que el capitán se encontraba en tierra con par­te de la tripulación, se produce la rebelión fruto de la cual Benito Soto y Miguel Ferreira, apodado Mercurio, natural de Ferrol, junto con sus secuaces se hacen con el gobier­no del barco, poniendo rumbo a la isla de la Ascensión.

Antes de descubrir esa isla y a los pocos días de navegación se comete a bordo un asesinato alevoso. Mal avenido Soto con el carácter y pretensiones de Miguel Ferreyra, cuyas miras ambiciosas estorban los planes que había concebido, decide deshacerse de él. En el silencio de la noche se dirige, con Antonio el vizcaíno, al lugar donde Ferreyra descansaba y disparándole, cada uno un tiro de pistola, se deshace sin riesgo de aquel temible enemigo, quedando Soto como único jefe del buque y de los piratas.

A los veintitrés días de su partida del surgidero de Ohue, llegan a la isla de la Ascensión, al día siguiente por la mañana, esto es el 19 de febrero de 1828, dan caza a la fragata inglesa Morning-Star. Cuando se encontraban a seis leguas de tierra, observaron como a dos de distancia un bergantín armado les daba caza. Pronto conocieron los de la fragata la clase de enemigo que se les echaba encima, estos, hallándose sin armas, útiles, ni medios de defensa, pusieron todo su empeño en encomendar a la fuga su salvación. Con un pasaje compuesto, además de los trece hombres que componían su tripulación, por el Mayor Logie del Regimiento de Línea Nº 97, con su esposa y un niño pequeño, diecisiete inválidos de diferentes regimientos de la isla Ceilán, cuatro mujeres con nueve niños que junto con otros empleados y pasajeros compo­nían un total de cincuenta y una personas, todos bajo el mando del Capitán Thomas Gibbs.

Haciendo caso omiso de los disparos de advertencia que realizó el ber­gantín, continuaron su fuga, pero la embarcación pirata era de un navegar pro­digioso y en el transcurso de una hora se hallaba ya a su costado. Los piratas, después de haber disparado varios cañonazos, izaron la bandera de la Repúbli­ca Argentina, confeccionada por uno de ellos de forma rudimentaria, ya que había muchos corsarios de esa nación que hostigaban al comercio brasileño, pensando así que de esa manera sus fechorías se le atribuirían a estos, mer­ced al engañoso pabellón que enarbolaron para cometer sus crímenes.

Acosada la fragata, se ve obligada a arriar velas, perdida ya toda esperanza de salvación. Preparados los piratas para el abordaje, armados todos con pistolas, sables y puñales, abordan la fragata entrando en ella con furia, dando gritos, golpeando e hiriendo a cuantos se hallan en su paso, cortando cabos e inuti­lizando todo lo que encuentran. Encierran a los pasajeros y tripulantes bajo la escotilla y se dedican al pillaje y eso no era más que el prólogo de las escenas de horror que siguieron.

Aquellos crueles y sanguinarios piratas no atendieron a las súplicas y plegarias que las mujeres con sus hijos en brazos les hacían; lejos de eso, mientras unos registraban el buque y se apoderaban de todo cuanto encontraban de valor, traspasándolo al barco pirata, otros como José de Santos, Nicolás Fernández, Domingo Antonio y Saint-Cyr Barbazán las humillaban y violaban vilmente, este último forzó a la mujer del mayor Logie, mientras esta le suplicaba por la vida de su esposo, e incluso le cortó un mechón de su cabello que guardó en una cajita de marfil y mostraba al resto de los piratas alardeando de tan repugnante hazaña.

El saqueo del barco duró desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde, finalizado el mismo comieron y bebieron en una orgía de excesos. Benito Soto se había propuesto el total exterminio de cuantas personas hallasen en los buques saqueados, creyendo por tal medio borrar el rastro de sus enormes delitos; así ordenó que no se dejase a nadie vivo en el barco y envió a Francisco Goubín para que le diese algunos barrenos y se fuese a pique. A las diez de la noche dan por concluido el abordaje, los piratas regresan a su barco y Soto da orden para que se de muerte al capitán y los marineros detenidos en la bodega del bergantín, así como a otros tres marineros que les ayudaron en el transbordo de las mercancías; ante las súplicas de estos se les mató, de un disparo a unos, degolló a otros y apuñaló a los restantes, y aunque alguno herido consiguió tirarse al mar, lo que le esperaba era una muerte segura.

Pero la cólera de Benito Soto llegó al extremo cuando supo, por José de Santos, que no se había dado muerte a todos los integrantes de la fragata, por la compasión que tuvo de las mujeres y de los niños; y su encono fue tal, que, a pesar de que ya habían pasado dos días desde su encuentro, hizo virar la embarcación para darle caza y echarla a pique si la encontraba, lo que afortunadamente no ocurrió. Volvieron, pues, a la isla de la Ascensión; pero al mismo tiempo avistaron, muy próxima a tierra, una fragata de guerra como de 40 cañones que se mantenía en facha. Era un enemigo demasiado poderoso, por lo tanto viraron y huyeron precipitadamente.

La Morning-Star navegó a la deriva, y a eso de la una de la madrugada las mujeres, al no escuchar a los piratas, se atreven a franquear la puerta de la cámara y suben a cubierta, observan y no ven al buque pirata, oyen las voces de los encerrados, y aproximándose a la boca de la escotilla, y con grandes esfuerzos, retiran los obstáculos que impedían su apertura, liberando a los hombres. En las horas siguientes reparan, en la medida de lo posible, los grandes daños que los piratas le ocasionaron al buque, y así de esta forma continúan navegando hasta el 13 de marzo, en que tuvieron la suerte de cruzarse con otro buque de su misma nacionalidad y fueron socorridos, felizmente terminaron su viaje dando fondo en el Támesis el 19 de abril. 

A los dos o tres días del saqueo de la Morning-Star y navegando en vuelta de la isla de la Ascensión descubrieron sus vigías, como a media tarde, una vela en el horizonte. Esta era la fragata de los Estados Unidos llamada Topaz, que procedía de Calcuta con un rico cargamento. Se dirigen a ella con bandera francesa, que afirman con un cañonazo. Los de la fragata, sospechando la especie de buque que los demandaba, intentan con todo esfuerzo la fuga; pero el superior navegar del pirata les desvanece pronto esta débil esperanza. Como a las cinco de la tarde se hallaba a su costado, y una descarga general a bala y a metralla que hicieron, enarbolando al mismo tiempo el pabellón argentino, les causó un daño considerable en su velamen y jarcia, acabando de convencerles de su triste situación. Benito Soto les grita con la bocina para que se presente a bordo del bergantín el capitán con los papeles, lo que sucede poco tiempo después, acompañado de cuatro marineros. Son recibidos con golpes y arrojados a la bodega. Mientras tanto los mismos individuos que abordaron la Morning-Star, se trasladaron armados al Topaz. Entran con igual furia y desenfreno, acosan y maltratan a los inermes marineros y pasajeros y los encierran a sablazos en la bodega. El resto recorre el buque; escudriñan, rompen y destruyen sin miramiento y amontonan sobre cubierta los objetos que excitaban su codicia.

En tanto que esto pasa en la fragata, Benito Soto hace llamar al capitán y le pregunta sobre el cargamento que conducía, le manda escribir en un papel la orden por la cual el contramaestre de su buque procediese a su formal entrega. Mientras el capitán se entrega a tan violenta disposición, uno de los marineros que lo acompañaban recibe un disparo de Benito Soto sin ningún motivo aparente, salvo que lo hubiese mirado mal, y tiende sin vida al desgraciado marinero. Sobrecogido el capitán por ese acto salvaje e inhumano, suspende la escritura, pero Soto amartilla su pistola y apuntándole grita furioso que concluya de escribir la orden. El papel es conducido a la fragata y la noche se emplea en el trasbordo de su rico cargamento: sedas de la India, cajas de añil, muchas alhajas, relojes de todas clases y entre ellos un cronómetro, gran cantidad de piedras preciosas de todo tipo y colores, ropas de pasajeros y todo de cuanto valor hallaron fue conducido al bergantín. Pero como lo que más deseaban era dinero y no lo hallaron, suponiendo que lo habían ocultado en algún lugar, José de Santos hace salir al piloto de la bodega, le requiere y le amenaza para que lo descubra y como dice desconocer su existencia recibe un tiro del irritado pirata que le causa la muerte. Hace subir uno a uno a todos los encerrados y les requiere del mismo modo delante del cadáver, al no averiguar nada los hace encerrar de nuevo.

Pasaba ya de la media noche cuando Soto dio por concluido el asalto; manda subir al capitán del Topaz y haciéndole entender que se puede embarcar en el bote ordena a Freytas que le dispare, pero este falla el tiro y es el propio Soto el que dispara al capitán quien cae anegado en su propia sangre, gravemente herido se arrastra hasta la borda y se arroja al mar intentando ganar a nado la fragata, pero Soto grita a José de Santos para que remate al capitán y así lo hace de un disparo cuando este pugnaba por asirse al costado del buque, hace subir al resto de los marineros y estos conociendo ya su desventurada suerte, aprovechando un momento de tensión entre los piratas, optan por tirarse al mar, donde encontraron una más que segura muerte. 

Una vez transbordado todo el cargamento, Soto grita a Santos con la bocina que si ya ha concluido ya sabía lo que tenía que hacer, que se cumplieran sus órdenes. Esta era la señal para dar muerte a toda la tripulación, los desventurados marineros y pasajeros son sacados de la cámara, donde estaban encerrados, conducidos a proa, y a sangre fría, sin combate ni resistencia, como un rebaño de indefensos corderos, son asesinados vil y cobardemente a tiros, siendo los feroces monstruos de esta ejecución: José de Santos, Nicolás Fernández, María Guillermo Teto y el portugués Domingo Antonio. Perecieron en esta matanza de 20 a 24 personas según el testimonio de los mismos piratas. En ese estado Soto ordena a Francisco Goubin que se pase a la fragata para darle algunos barrenos, pero como al parecer un negro de la tripulación había conseguido esconderse y podía tapar los barrenos y salvar el buque, decide que se le prenda fuego, cosa que hacen, abandonando la fragata con los restos inertes de su tripulación; el espectáculo era espantoso, a los pocos minutos desarboló sus palos en medio de fuertes balanceos y fue consumida por la voracidad de las llamas. Sólo un marinero obtuvo gracia de Soto, a ruego de algunos por haberlos ayudado en el trasbordo de mercancías y por hablar alguna palabra en castellano, pero esta gracia no le fue de mucha duración y sólo consiguió, el desventurado, dilatar por algún tiempo su muerte. Mientras ardía el Topaz se presentó a su vista un buque de procedencia americana que al contemplar la escena se dio a la fuga no pudiendo ser alcanzado por los piratas aunque pusieron su empeño en perseguirlo.

Los asesinatos ordenados por Benito Soto no eran un efecto del resentimiento producido por la resistencia de las víctimas, ni la consecuencia de un combate aventurado; eran calculados y deliberados, a sangre fría, y con la dureza e insensibilidad propias de un hombre a quien el crimen le era habitual. 

Después del incendio del Topaz, pensó Benito que con el rico botín reunido del asalto de sus dos presas, tenían bastante para vivir licenciosamente durante largo tiempo y gozar del fruto de sus rapiñas, convocó sobre cubierta a todos sus secuaces y les dijo que su idea era dirigirse a la ría de Pontevedra, en cuyo puerto, con la ayuda de un tío suyo, sería fácil hacer el desembarco del botín bajo el aspecto de contrabando. Fue aprobado y aplaudido el proyecto, así que ordenó al piloto que pusiese rumbo a las costas españolas. Benito agregó que aquello era sin perjuicio de saquear a los buques que encontrasen en el camino y aumentar su botín.

El bergantín dirigió su rumbo a las islas Azores, en cuya derrota se mantuvieron sin grandes novedades, salvo el peligro de naufragio por acercarse demasiado a las grandes piedras que forman el bajo de San Pablo y al conato de sedición que se produjo, a consecuencia de lo cual fue pasado por las armas Francisco Caraballo. 

A los pocos días de este suceso avistaron un bergantín inglés, el Cessnock, en las cercanías de las islas de Cabo Verde, que venía cargado de ladrillos, tejas y pipas vacías, fue abordado con la misma violencia que los anteriores y por esta vez se contentaron con maltratar a golpes al capitán y tripulación, despojándole de las ropas, reloj y cantidad de víveres y otros efectos. 

Hallándose a la altura de las islas Canarias y como a los 8 o 10 días del anterior encuentro, avistaron otro buque inglés, el brick-barca Sumburg, que se dirigía a la isla de Santo Tomás, al que por los mismos reprobados medios, robaron, entre otros efectos, relojes, ropas, dineros, víveres y cuatro medias pipas de vino. 

Finalmente descubren y reconocen las islas Azores, que les sirvieron de abalizamiento en su larga derrota, y desde el archipiélago dirigen el rumbo hacia las costas de la Península Ibérica. A lo largo de la navegación se cambió varias veces la pintura del barco para evitar que fuese reconocido después de los asaltos, en unas ocasiones se pintó de negro, en otras de encarnado y en otras de amarillo. Aunque alguna versión de los piratas dice que únicamente se le pintó una faja blanca, para desfigurar su imagen, que se quitó antes de llegar a Pontevedra, dejando el bergantín como cuando salió de Río de Janeiro que era pintado de negro. 

A los pocos días, y siendo el 2 de abril, se presentó a su vista el Ermelinda, procedente de Río de Janeiro y que se dirigía a Oporto. Los piratas no quisieron dejar escapar esta nueva presa que suponían de importancia, pues la conocían al haberla visto fondeada en el puerto de Río de Janeiro. Se dirigen a ella a toda fuerza de vela, y al darle alcance enarbolaron la bandera francesa, que afirman con un disparo de cañón, sustituyendo instantes después este pabellón por el de Buenos Aires, el cual afianzó con otro cañonazo.

Desde este momento ya no les quedó duda a los indefensos tripulantes de la Ermelinda de la clase de buque y hombres con que se habían topado, se resignan a su triste suerte y se prestan a la más sumisa obediencia. Se trasladan en un bote el piloto y cuatro marineros al bergantín pirata, y son recibidos con los preliminares de costumbre, vejaciones, golpes, insultos y demás violentos preámbulos que aumentaron con mayores escarnios y malos tratos cuando comparecieron ante Soto, quien mandó encerrarlos en la bodega después de interrogarlos. Pasan al abordaje siete piratas y asaltan la fragata dando sablazos a diestro y siniestro, sin consideración de ningún tipo con los pobres tripulantes y pasajeros que fueron encerrados en la cámara y en el rancho de proa de la marinería, de donde los hicieron salir de uno en uno para inquirir de ellos el dinero, alhajas, y otros efectos de valor que pudiesen traer a bordo, después de lo cual fueron todos nuevamente encerrados.

Amontonan en cubierta lo despojado y lo trasladan al bergantín, causando al mismo tiempo daños y roturas de todo  lo que no les era de utilidad, destruyendo agujas náuticas, cartas hidrográficas, pipas de aguada, jarcia, vergas y cuantos utensilios hallaron sobre cubierta. Transportados todos los efectos al bergantín, permiten regresar al piloto y a los marineros a la fragata, y si se contuvieron de cometer iguales excesos que en las anteriores ocasiones, fue porque al estar tan próximos a las costas españolas les era más conveniente que los tomasen por corsarios y no por piratas.

Pasados dos o tres días de este encuentro y navegando ya en dirección de la costa de Galicia les sobrevino un durísimo temporal del S. O. en el que rindieron el mastelero de velacho, perdiendo además la gavia y el botalón de foque. Más de esta pérdida hallaron ocasión de resarcirse fácilmente con el saqueo del bergantín inglés New Prospect, ya sobre las costas españolas, al que despojaron, después de los ultrajes y golpes acostumbrados, de todas sus velas principales, el mastelero de velacho, dos juanetes, la caja de carpintero, ropas y otros pertrechos. Este fue el último buque saqueado por los piratas del Defensor de Pedro.

Avistan por último tierra, y reconocida la costa y ría de Pontevedra, dan  fondo en el sitio denominado Caballo de Bueu, siendo esto el día 10 de abril, llevando izada la bandera inglesa. Cuando se le aproxima un bote del resguardo a preguntar sobre el nombre, procedencia y cargamento del bergantín, Soto contesta en tono arrogante y zumbón, que se llama El Buen Jesús y las Ánimas, y venían del Norte de América con carga de habichuelas, frutos del país, pólvora y balas.

Entran en contacto con José Aboal, tío de Benito Soto, de profesión hombre de mar, siendo el encargado, junto con otros de los suyos, de intentar vender las mercancías. Se procede a descargar las de mayor valor en menor volumen, esto es: alhajas de oro y plata, piedras preciosas y otros objetos de gran precio, para cuya entrega vino a bordo de noche el referido tío de Soto con otro individuo cuyo nombre se desconoce, para trasladar sus tesoros desde el barco a tierra y buscar un escondite seguro, para ello se embarcaron en un bote el propio Benito Soto y cuatro de sus hombres, cargaron dos baúles y algunos fardos, con algunos loros y pájaros de Brasil y África,  y fueron llevados a casa de José Aboal. Grande debía ser su valor, pues varias personas de a bordo oyeron a Soto decir que con lo llevado a tierra había lo suficiente para que él y sus secuaces pasasen el resto de sus días con toda holgura.

Descargados los objetos de mayor valor en Pontevedra, deciden dirigirse al puerto de La Coruña, como buque procedente de Brasil con cargamento de café, sedas y otros tejidos, con el piloto Rodríguez suplantando al capitán Sousa Sarmento y con destino a las islas de Cabo Verde.

En la travesía se suscita en el ánimo de los principales cabecillas temores por la desconfianza que tenían de algunos de a bordo, por lo que Soto decidió eliminar a aquellos individuos cuya presencia juzgaba arriesgada para su seguridad, y así se le dio muerte a Juan el cocinero, al negro Joaquín y al infeliz marinero americano del Topaz a quien perdonaron la vida en un principio. 

El 26 de abril, a los ocho días de navegación, entran en el puerto de La Coruña con aspecto de buque desmantelado y maltrecho por el temporal, llevando izada la bandera imperial del Brasil. Dan fondo de las diez a las once de la mañana, presentándose la falúa de sanidad, en ella un personaje que se dice consigna­tario del bergantín de nombre D. Francisco Javier B., procedente y natural de Pontevedra. Verificase la descarga, siendo admitida, depositada y custodiada en la Real Aduana de La Coruña.

Reparado el bergantín de la fingida avería y descalabro, y terminados todos sus negocios, trataba Benito Soto de verificar la salida cuando el domingo, día 4 de mayo, se presentó a bordo el consignatario manifestándole en sus palabras muestras evidentes de saber la procedencia sospechosa del buque, ya criminal a sus ojos, y lo mucho que importaba dar la vela al momento y abandonar el puerto. 

Después de dar vela el bergantín con el aparente destino a Lisboa, anunció Soto que su verdadero objetivo era arribar en la plaza de Gibraltar, para dicho punto dijo llevaba letras de cambio, cuyo valor alcanzaba a veinticinco mil pesos fuertes y que allí daría a cada uno su parte de presa, con lo que además pudiera corresponderles por el producto de la venta del bergantín. A sus confidentes y allegados manifestó que con ese dinero volverían a La Coruña a recibir lo restante del cargamento que ya estaría consumado. Se cree que sus verdaderas intenciones era la de embarrancar en las costas de Berbería, abandonar allí a los portugueses y huir con sus principales cómplices, repartiéndose entre ellos todo el botín. 

En la noche del 9 de mayo creen reconocer el faro de Tarifa y Soto ordena dirigir el bergantín hacia la playa donde embarrancaron en la hora de la pleamar. Pero en lugar de la costa solitaria, donde pensaban encontrarse, lo hicieron en la playa de Santa María, en la isla de León, a menos de tres millas de Cádiz. El jefe superior de la provincia marítima dicta providencia para lo prevenido en estos casos por las Ordenanzas de Matrículas. Pasa una comisión de su juzgado a la playa con este objeto, se procede al examen del buque náufrago y tripulantes, y tras su sospechosa apariencia, dan por buena la versión de los piratas y son reputados por inocentes y absueltos, y el buque dado por su origen legítimo y legal. 

Durante seis días los piratas camparon a sus anchas por las calles de Cádiz, a pesar de la voz pública que, desde los primeros momentos, señaló a aquel buque y su tripulación de procedencia sospechosa. Cuando las sospechas de que podrían ser unos malhechores tenían más fundamento, despertó el celo y anticipó las indagaciones del Juzgado de Guerra y Extranjería que promovió al instante los comprobantes de aquella sospecha y la prisión de los delincuentes.

Aunque esa tardanza facilitó la fuga de cuatro de los principales criminales, entre ellos el del capitán pirata Benito Soto, quien logró embarcarse en Cádiz, con destino a Gibraltar, el mismo día en que eran detenidos sus compañeros.

Del resto de los piratas juzgados y sentenciados por las autoridades españolas en Cádiz, resultaron las siguientes sentencias:

El 11 de enero de 1830 a las 11.00 h. de la mañana fueron ahorcados en Cádiz:

Francisco Goubin - Joaquín Francisco - Pedro Antonio - Domingo Antonio - Nuño Pereira - Federico Lerendú.

El 12 de enero de 1830 a las 10:00 h. de la mañana fueron ahorcados en Cádiz:

Antonio de Laida  - Víctor Saint-Cyr Barbazán - Nicolás Fernández - María Guillermo Teto.      

El resto, condenados a diversas penas de presidio:

Manuel Antonio Rodríguez (10 años) - Cayetano Ferreira (8 años) - Manuel José de Freytas (6 años) - José Antonio Silva (6 años) - Antonio Joaquín (6 años) - Joaquín Palabra (Absuelto).

Solamente uno de los piratas que habían huido, José de Santos hombre de confianza de Soto, no fue encontrado y que se sepa no se encontró jamás.

Soto mandó asesinar a las tripulaciones de las fragatas Morning-Star y Topaz y dar a estas barrenos para no dejar vestigios de sus crímenes, además incendiar la nave americana. Había testigos que así lo constataron durante el proceso judicial, donde reconocieron a Benito Soto como el capitán del barco pirata que les abordó en alta mar, les robó sus mercancías y pertenencias, violó a las mujeres y asesinó a parte de los hombres, después los abandonó a su suerte.

Benito Soto consiguió huir y se embarcó en Cádiz con destino a Gibraltar, donde fue detenido y después juzgado por los tribunales ingleses. El juicio no había dejado lugar a dudas, se le condenó por actos de piratería a ser ahorcado y descuartizado, y que su cabeza fuese colocada en una escarpia en un paraje a orillas del mar, para público y general escarmiento.

Se demostró que fue Soto quien encabezó la rebelión y sublevación del bergantín, fue él quien dio muerte alevosa a su émulo y competidor Miguel Ferreira apodado Mercurio. Ordenó el asalto del buque inglés Morning-Star, del estadounidense Topaz, de los ingleses Cessnock y Sumburg, del portugués Ermelinda y del también inglés New Prospect. Dio orden de robarles, maltratarles, vejarles y consentir que se cometieran con ellos las más aborrecibles e infames tropelías.

Todos los delitos que se cometieron desde el motín fueron ordenados o dirigidos por Soto y ejecutados por su propia mano alguno de los más atroces. Además de la muerte de Miguel Ferreira, asesinó fríamente de un pistoletazo a un marinero de los cuatro que acompañaron al bergantín al capitán de la fragata americana Topaz, y del mismo modo hirió después de muerte al mencionado capitán. Ordenó los asesinatos del capitán y marineros de la Mornig-Star, que lo acompañaron al bergantín; el de Francisco Caraballo y después, en la travesía de Pontevedra a La Coruña, los de sus compañeros de sedición: Juan el cocinero, el negro Joaquín y el marinero americano del Topaz quien según los piratas Soto lo mató de un tiro. Pasan de 75 las vidas que ordenó quitar, actos de inaudita crueldad pues no hubo combates ni disputas, las víctimas se encontraban indefensas y rendidas.

A las nueve de la mañana del 25 de enero de 1830, cinco días después de haber sido juzgado, el reo fue conducido al lugar donde se había determinado tuviera lugar la ejecución. Caminaba lentamente detrás del carro que portaba su féretro, con un crucifijo en la mano y asistido por un sacerdote español, acompañado de una pequeña guardia.

El antiguo jefe de piratas, con aire de insolente altanería y feroz mirada, parecía no tener culpa alguna de que arrepentirse. Llegó al lugar donde se alzaba el patíbulo y con toda serenidad se subió a la carreta. El verdugo tomó la soga con sus manos y la situó alrededor de su cuello, incluso como había quedado algo corta, el reo no había tenido ningún reparo en subirse a su propio ataúd, situado en el mismo carromato, para facilitar el trabajo de colocarle su mortífero dogal. Cuando se dio la orden, el verdugo atizó al caballo separándose violentamente la carreta, el cuerpo de Benito Soto pendió de la soga con un brusco estremecimiento que duró más de lo habitual, pues esta había cedido y sus pies rozaban el suelo, alargando por lo tanto su agonía, tuvo que ahondarse el suelo a sus pies para que estos quedasen definitivamente suspendidos. Tras ello todo acabó, su cuerpo colgado y su alma a la eternidad de los infiernos. 

En todo el proceso del juicio contra Benito Soto y el resto de piratas, el cual plasmó en el libro “Los piratas del Defensor de Pedro. Extracto de las cau­sas y proceso formados contra los piratas del bergantín brasileño Defensor de Pedro”, escrito por el Capitán de Navío, Joaquín María Lazaga y Garay, en 1892, y de donde he extraído toda la información para este artículo; en ningún momento se menciona que el barco “El Defensor de Pedro” se le cambiase el nombre por el de “La Burla Negra” ni que ondease bandera pirata alguna. Parece ser que fue la propia prensa inglesa de la época quien, en una confusión o ante el desconocimiento del verdadero nombre del barco, pasó a denominarle “Black Joke” (Broma Negra), como a otros navíos de esas características a lo largo de la historia.

El escritor inglés Philip Gosse (1879-1959) escribió cuatro volúmenes sobre piratas, el último de ellos, “The History of Piracy” (Historia de la Pirate­ría), escrito en 1932, es un compendio de todo su saber sobre el tema, aunque cuando menciona a Benito Soto aporta datos incorrectos, afirmando que nació en La Coruña, y es él, o al menos así lo creo, el primero que menciona que al “De­fensor de Pedro” los propios piratas le cambiaron el nombre por el de Black Joke (Broma o Burla Negra), suponemos que recabando la información aparecida en su momento en la prensa británica.

Bastantes años antes, en 1859, el escritor Alejandro Benisia y Fernández de la Somera escribe otra novela: El Milano de los Mares, donde narra, de forma muy novelada, las aven­turas de estos despiadados piratas.

Y es en 1955, cuando José María Castro­viejo, quien tomando como base este lamentable suceso, escribe un libro, “La Burla Negra”, y en el capítulo XV, pág. 76, es donde se menciona que después de asaltar el primer barco, la fragata “Morning Star”: “Saint-Cyr de Barbazán propuso entonces que se cambiara el nombre del barco y se le llamara de allí en adelante La Burla Negra. La proposición fue aceptada.”

Por consiguiente, visto el relato de los acontecimientos y los testimonios de los testigos, debemos considerar que lo que en un principio se trató de una confusión o pura invención narrativa de la prensa inglesa, fue seguida posteriormente por escritores e investigadores al beber de esas fuentes que no se ajustaban a los hechos reales. 

Benito Soto fue un despiadado y cruel pirata, un personaje aborrecible y que nadie en Pontevedra debería de sentirse orgulloso de que hubiese nacido aquí. Nunca su barco se llamó Burla Negra, ni hondeó la bandera negra ni ninguna otra bandera pirata, tampoco se inspiró en él ni en sus andanzas José de Espronceda, ya que era contemporáneo del pirata y en ese momento sus fechorías eran reprobadas por la ciudadanía y no se veía en él pirata romántico alguno, sino un cruel asesino, un pirata con toda la fuerza da la palabra. Ni siquiera el celebérrimo tanguillo de “Los duros antiguos” del Tío de la Tiza tiene nada que ver con este infame pirata.

Era simple y llanamente un pirata, y como todo pirata, cruel y sanguinario, sin más doblez.

jueves, 26 de julio de 2018

Fragmentos de la Historia de Pontevedra

Quiero mostrar una recopilación de esos “fragmentos de la historia” que de forma cotidiana conviven con nosotros y que por la costumbre de verlos asiduamente, pasan desapercibidos. Me refiero a esos restos de edificaciones, diversos componentes de monumentos y construcciones que ha tenido nuestra ciudad y ahora, fragmentados, forman parte de nuestras calles, plazas y jardines y de nuestro paisaje urbano en general.

Como bien comentó en su día el historiador Juan Juega, al profesor Filgueira Valverde deberíamos de agradecerle, entre otras muchas cosas, el que fuese el promotor de que muchos de esos fragmentos de la historia, se entremezclasen con el entorno urbano actual, produciéndose esa mixtura de lo antiguo con lo moderno y que no fuesen depositados en almacenes o en el interior de un Museo.

Comenzaremos por uno de los monumentos más emblemáticos de nuestra ciudad, la Fuente de la Herrería. Ubicada originalmente en la esquina de la Plaza de la Herrería, más próxima a los soportales que se dirigen a la Plaza de Curros Enríquez. Se decidió acometer su construcción en 1537, mediante una Cédula del Emperador Carlos V. En 1858 fue sustituida por otra más moderna ubicada en la Plaza de la Peregrina. Sus restos fueron abandonados, hasta que la Sociedad Arqueológica se hizo con ellos y los conservó en las Ruinas de Santo Domingo. Fue en 1928, cuando la fuente se recompuso de nuevo y volvió a la Herrería, para ocupar su emplazamiento actual, en los Jardines de Casto Sampedro. Hay que hacer constar que el gran tazón no es el original de la fuente, ya que este no fue encontrado.

Otra fuente contemporánea a la anterior, fue la que se denominó Fuente de Santo Domingo, poco se ha sabido de ella, pero según el Profesor Filgueira Valverde, cabe la posibilidad que la fuente que se encontraba en el Paseo de Santa María y hoy la podemos contemplar al final de la calle Naranjo, contenga la taza original de esa fuente.
El Reloj de la Peregrina.- El 31 de octubre de 1896, se trasladan las campanas de la torre norte a la torre sur de la Capilla de la Virgen Peregrina y en su lugar se instala el reloj que procede del demolido Hospital de San Juan de Dios y según parece también, una de sus campanas. Este hospital se ubicaba en el solar que ahora ocupa la sede del Casino Mercantil, y recordando su capilla se levantó la todavía existente de las Ánimas.

El Campanil del Ayuntamiento.- Está situado en la cubierta del Ayuntamiento, próximo a su fachada posterior. Procede también del demolido Hospital de San Juan de Dios, junto con una de sus campanas, en un dibujo de Federico Alcoverro lo podemos contemplar en su ubicación original.

viernes, 20 de julio de 2018

Teucro fundador de Pontevedra

Según don Claudio González Zúñiga, autor de la primera “Historia de Pontevedra”. Nuestra ciudad fue fundada por Teucro en el año 1215 a. C. 
Cuánto hay de historia o de leyenda sobre el héroe y estos acontecimientos sería otra cuestión a tratar.


Teucro fue un personaje de segundo rango entre los que participaron en la Guerra de Troya y uno de los guerreros que se introdujeron dentro del célebre caballo troyano, famoso por su habilidad en el manejo del arco. 

La escasísima iconografía que sobre este personaje se conoce ha sido el motivo por el que se le ha representado de forma equívoca, así la imagen que podemos contemplar en lo alto de la fuente de la Peregrina, una réplica del cetro del Gremio de Mareantes, más se asemeja a la representación de Hércules matando al “León de Nemea” en uno de sus doce trabajos, o quizá con más parecido todavía a Sansón que fue realmente quien desquijaró al león, ya que Hércules lo mató con la clava. 


A pesar de esta errónea representación, lo que sí parece del todo cierto es que a quien se quería representar era al héroe griego, pues “Teucro” se le denomina al cetro del Gremio de Mareantes y lo ratifica la inscripción que porta.

miércoles, 18 de julio de 2018

El pazo de los condes de San Román (Pontevedra)

Como ya me han preguntado varias personas sobre el lugar donde se emplazaba el pazo de los condes de San Román, aquí vamos a exponer con un pequeño croquis y unas fotos actuales, junto con unos dibujos de Federico Alcoverro (Museo de Pontevedra), el lugar donde se encontraba y lo que se conserva a día de hoy.
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1- La fachada principal daba a la plaza de Curros Enríquez, hoy no se conserva nada de ella.
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2- El patio interior lo podemos observar, en una pequeña parte, dentro del establecimiento 100 Montaditos. Se conservan las columnas y balaustrada del piso superior con las hornacinas que albergaban emperadores, reyes y filósofos.
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3- La fachada posterior daba a la plaza de Teucro y hoy la podemos contemplar muy modificada, solamente una parte de la zona asoportalada ya que el resto, junto con la torre almenada, desapareció.
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Este lugar fue donde se ubicó la sede del Liceo Casino, en junio de 1858, al trasladarse de su emplazamiento original en el pazo de Tavares (justo enfrente en la plaza de Teucro) porque se les quedaba pequeño.

sábado, 14 de julio de 2018

Cruceiros de la Zona Monumental de Pontevedra

Si hay un monumento fuertemente enraizado en nuestra tierra y en nuestra cultura, ese es el “cruceiro”, una de las manifestaciones más genuinas y ricas de la arquitectura popular gallega
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Desde los inicios del cristianismo se buscó una sacralización de los lugares de culto pagano o sospechosos de ello. Con ese objetivo se colocaron cruces sobre piedras con alguna simbología mágica, como sucedió con menhires, petroglifos o piedras significativas como miliarios romanos y sobre todo en los cruces de caminos “encrucilladas”. La cruz, la espina dorsal del cristianismo, elemento purificador y protector contra poderes extraños. De ahí su ubicación en las plazas de los pueblos, como salvaguarda de las gentes.

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De los cruceiros que podemos contemplar en nuestra Zona Monumental, la mayoría no fueron destinados para ese emplazamiento en su origen, a excepción del de la calle de la Galera. Así el de la plaza de la Leña proviene de Caldas de Reyes; el de las Cinco Calles, de Estribela; el de Santa. María (plaza de Fonseca), del Burgo; el del Campillo, del paseo de Santa. María (ant. Lampán dos Xudeos); el de la plaza del Parador, se desconoce pero se ubicó ahí a mediados del siglo XX y parece ser que la virgen no es original, pues hay diferencia con la talla del Cristo; y el de las Ruinas de Santo. Domingo, del atrio del antiguo templo de S. Bartolomé.

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sábado, 5 de mayo de 2018

Plaza de la Herrería

Grabado de Osterberger sobre un dibujo de Jovita Riestra. 
La Nao del Corpus (enorme, sobre un carro de bueyes) en la visita de los Duques de Montpensier (1852). La fuente de la Herrería en su lugar primigenio con una figura que representa la Alegoría de la Fama en lo más alto, figura de piedra con la trompeta de cobre, añadida en 1789, (actualmente se encuentra en la fuente de la plaza del Muelle, sin trompeta). A la derecha la Capilla de la Peregrina todavía con una única torre completa (la de la izquierda la había derribado un rayo) y al fondo la iglesia de San Francisco, donde se observa todavía completo el edificio de la orden terciaria, la ventana cuadrada en lugar del actual rosetón y en el edificio de Hacienda todavía no se ha instalado la puerta de la Villa, procedente de la muralla y que continúa hoy en día. 
"Habladme Piedras".


viernes, 2 de marzo de 2018

Cuando Vigo fue capital

Según los documentos existentes, no es hasta el año 1163 cuando Pontevedra hace su aparición en la historia con motivo a la donación, de Fernando II, al monasterio de Poio de la mitad de los diezmos de la iglesia de Santa María.

Debemos de esperar unos pocos años más, cuando este mismo monarca, en el año 1169, concede un fuero real al burgo de Ponte Veteri, el primer fuero pontevedrés que fue concedido por el rey de León en Ciudad Ro­drigo a: “…omnes habitatores de Ponte Veteri tam presentes quam futuros…”.

Sobre este fuero real inicia su andadura la vida municipal pontevedre­sa. El texto no sufre alteración alguna cuando, a petición de los representantes del concejo, es confirmado en Sevilla, en 1264, por Alfonso X; pues el original, en palabras de los mismos: “porque este priui­legio non era sellado et por mala guarda fuera dannado de agua”.Este trascendental documento se conserva actualmente en el Museo de Pontevedra.

No obstante, la Ponte Veteri medieval, distinguida con el llamado “Fuero de Pontevedra” por el monarca leonés, fue donada pocos años después, en 1180, a la mitra compostelana y bajo el señorío arzobispal permaneció la villa hasta el Decreto de abolición ge­neral de los señoríos que se produjo en 1811.
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Si bien, durante el reinado de Felipe II, la villa se desvincula, mo­mentáneamente, del señorío arzobispal, y en 1595 el regidor don Melchor de Teves y Britto se esforzó en mostrar con importantes edificaciones y nuevos servicios la eficacia del cambio, surgiendo la necesidad de contar con un edificio consistorial. Aunque, como decimos, fue un breve paréntesis, pues de nuevo volvimos al “statu quo” anterior, con el arzobispado santiagués señoreando la villa.

En 1820, siendo rey Fernando VII, tuvo lugar el pronunciamiento liberal de Rafael del Riego, que dio paso a una nueva etapa de su reinado (1820-1823), el denominado "Trienio Liberal", aboliéndose los privilegios de clase y los mayorazgos, además de suprimirse la Santa Inquisición y dando paso en enero de 1822, a una nueva división territorial. Se contemplaba la necesidad de reorganizar el territorio de manera racional y eficiente. Así pues, se establecen cuatro provincias para Galicia: Coruña, Lugo, Orense y Vigo. Por consiguiente, a lo largo de un año y poco, Vigo fue capital de provincia.

Con la llegada, el 7 de abril de 1823, de los llamados Cien Mil Hijos de San Luis, al mando del general Duque de Angulema, se restablece el absolutismo en la figura del rey Fernando VII, y en ese mismo año, esta división territorial queda sin validez.

El 30 de noviembre de 1833, con el decreto de Javier de Burgos, se estableció la actual división de provincias donde se consideraba a Pontevedra la ciudad más idónea para ser la capital de su provincia, por motivos geográficos e históricos.

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En 1836, Vigo volverá a la carga política para recuperar la capitalidad y aunque el Gobierno aprobó un Real Decreto que acordaba el traslado a Vigo de la capital de la provincia, nunca llegó a tener efecto, bien porque nunca se refrendó o porque se extravió, y posteriormente no se consideró oportuno confirmarla. Esto tendrá su epílogo el 3 de octubre de 1840, cuando tropas viguesas, armadas con dos cañones, atacan y cañonean Pontevedra en disputa de la capitalidad de la provincia. La guerra de las dos ciudades de la que hablaba Villamil.

El Congreso no podía volverse atrás y menos ante la presión militar, por lo que la designación de Pontevedra como capital, que fuera coronada con la concesión del título de ciudad por Real Carta otorgada por la reina Isabel II el 23 de noviembre de 1835, adquirió carácter definitivo.