En los años 1987 y 1988 me pasé los meses de julio y agosto trabajando en las islas Cíes, era la época en que Vapores de Pasaje ejercía un monopolio total en la travesía en barco desde la Estación Marítima de Vigo (650 pesetas el viaje, ida y vuelta), y era poco menos que una epopeya, con mucha frecuencia el barco Islas Ficas navegaba un metro por debajo de la línea de flotación, la gente iba hasta subida al palo de la bandera y, día sí y día no, se dejaba a visitantes en la isla ya que el último barco de regreso iba a tope y no enviaban otro para recogerlos, con el consabido cabreo y rebote, lógico, del personal que llegó a protagonizar importantes jaleos.
Allí conocí a un personaje curioso, le llamaban Pichocho, era junto con sus hermanos Benedicto y Serafín, que por cierto no se llevaban entre ellos, las últimas personas que habían nacido en las islas Cíes.
Pichocho tenía unos cincuenta y tantos años, y un aspecto muy parecido a Andy Warholl, pero en “loock mariñeiro”, era un tipo afable y simpático. Vivía en las Cíes durante todo el año, era el único, en una especie de “chabolo” detrás del parador (el bar del muelle donde atracaba el barco) y hacia la playa de los Alemanes, con una dieta a base de pescado y agua, el único medio de transporte que tenía en invierno, si se quería desplazar a la península, era su chalana de remos, cosa que hacía cuando la necesidad era extrema.
Cuando llegamos allí a finales del mes de junio del 88, nos lo encontramos en el parador, era el lugar donde se topaba Pichocho la mayor parte del día, y de la noche, cuando comenzaba el verano; le invitamos a un par de cervezas y charlamos cordialmente, le comentamos que nos gustaría poder ir a la isla Sur y que sabíamos que él tenía una chalana de cuatro remos, nosotros éramos tres mocetones, así que con él completábamos la tripulación, nos dijo que sí, que sin ningún problema ya que él hacía tiempo que no iba y tenía ganas de ir, así que acordamos en que volveríamos a hablar y quedábamos para ello.
Pero con Pichocho había un problema, y era que hastiado de vivir todo el año solo en la isla con esa dieta tan severa, cuando comenzaba a llegar la gente de veraneo, los asiduos ya lo conocían y los nuevos enseguida entablaban amistad con él, y entre unos y otros no hacían más que invitarlo a todo tipo de bebidas, fermentadas y espirituosas, como habíamos hecho nosotros, en el parador, por lo tanto Pichocho pillaba un “coloconcillo” el 1 de julio y no lo apeaba hasta el 31 de agosto. Así que cuando le propusimos un día para ir a la isla Sur, su respuesta fue que quienes éramos nosotros y que no sabía nada de eso, que tenía el resto del año para ir allí, por lo tanto nos quedamos sin poder ir. Un día cuando me dirigía hacia lo alto del Faro del Cíes, el punto más alto de la isla, observé como una chalana con un tipo a los remos, Pichocho era, su inconfundible pelo blanco lo delataba, intentaba infructuosamente cruzar el estrecho entre las dos islas, durante unos veinte minutos lo contemplé, luchaba a brazo partido contra la corriente sin apenas moverse del sitio, no sé, quizá intentaba rememorar viejos tiempos o retarse a sí mismo para comprobar sus fuerzas, pero desde luego que ese día la situación no le era nada propicia y no nos engañemos, la mar es la mar, aunque eso él lo sabía muy bien y cuando intentaba esa travesía era porque otras veces lo había logrado. Un par de noches después me lo encontré en el parador, en la sesión “disco”, estaba acompañado, como siempre, de un nutrido grupo de personas a su alrededor, donde no faltaban caras bonitas, realmente era un auténtico icono de las Cíes y ahí Pichocho sí que triunfaba, era un verdadero Robinsón de carne y hueso “made in Galicia”.
Yo lo observaba y pensaba: al igual que otras cosas se habían transformando en las Cíes, pues de los hippies de antaño ya, salvo algún nostálgico, no quedaba ninguno, el campismo libre se estaba erradicando y prohibiendo, y empezaban a tasar el número de personas que podían venir en el barco, o sea, se estaba civilizando todo el “entorno rústico” que suponía el ir a las Cíes, Pichocho también estaba sufriendo una de esas transformaciones, aunque en su caso sólo durase la temporada estival.
Pichocho se murió a finales de los noventa o principios del dos mil, no recuerdo bien, con él se fue el último nativo que de forma permanente habitaba en las Cíes, y también el último icono de una época. Para los que conocimos aquellos tiempos, sin él las Cíes ya no son lo que eran.
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domingo, 22 de julio de 2018
jueves, 19 de julio de 2018
Un viejo lobo de mar en las Chafarinas.
Me encontraba yo, en noviembre de 1986, en la isla Isabel II, la más grande y habitada de las Chafarinas.
Cuando una tarde de temporal con fuerte viento del estrecho, solicitaron permiso, por radio, para resguardarse en la isla dos pesqueros marroquíes, anteriormente ya lo había hecho uno argelino y tras ellos un pequeño y raído velero, más parecido a una cáscara de nuez, que en el medio de aquella tremenda ventolera y la mar picada parecía increíble que se mantuviese a flote.
Me tocaba a mí guardia en el muelle así que, junto con otro compañero, tuvimos que acompañar al sargento para las inspecciones de rigor. Era habitual que los días de temporal o viento muy fuerte en el estrecho, las pequeñas embarcaciones que transitaban por la zona solicitasen, por radio, permiso para poder refugiarse en el muelle de la isla, mientras amainaba el fuerte viento, y a pesar de ser zona militar restringida, se les solía permitir hacerlo, se inspeccionaba la embarcación, se tomaba nota de la documentación y si se trataba de pesqueros, generalmente, dejaban como compensación unos cuantos kilos del pescado de las capturas, amén de otras mercancías que portaban de “extranjis”, normalmente tabaco y alcohol.
Cuando le tocó el turno al velero, me quedé sorprendido. Era una embarcación de madera, ajada y muy rudimentaria, de unos cuatro metros de eslora, con un pequeño tambucho de camarote, un mástil con una sola vela y el timón de caña manejado a mano, “Albatros” era su nombre, no llevaba ningún instrumento electrónico, era la navegación pura y dura, con brújula y sextante, nada más. Su pabellón francés y su puerto de origen Marsella, aunque en esta travesía venía de Tánger.
El tripulante era ya un hombre mayor, bastante mayor, un francés, un auténtico viejo lobo de mar, con barba y pelo canoso; en sus brazos llevaba tatuada más de media vida, simbolizada por sirenas, neptunos, delfines, barcos, anclas, mujeres desnudas, corazones rotos con nombres de mujer, diversas leyendas…
Mientras realizaba las tareas de amarre y los pertinentes trámites de filiación lo estuve observando, le pregunté hacia donde se dirigía, debo decir que mi conocimiento del francés es el justito para pasar el día, aún así nos entendimos. Pese a su aspecto sobrio y parco en palabras, se mostró con ánimos para charlar, llevaba más de media vida navegando por el Mediterráneo, lo había recorrido desde el estrecho hasta el Bósforo siempre con el mismo barco, lo había construido él, con sus propias manos, un día decidió que lo que deseaba era navegar y vivir en total libertad, siendo únicamente él y el viento los dueños de su destino. Prácticamente no tenía nada, solamente aquel viejo cascarón por barco, pero se le veía feliz, no era una vida fácil, pero era la que él había elegido y le gustaba. Me habló entonces de la dureza de la mar y le pregunté que pasaría cuando ya se viese sin fuerzas para poder navegar solo, y me dijo que la mar se cobra sus tributos, él llegó a un acuerdo con ella, durante todos estos años, y esperaba que unos cuantos más, la mar le había facilitado todo lo necesario para vivir y cubrir sus necesidades básicas, le facilitó el medio por el cual desplazarse y vivir la vida libre e intensamente como había querido y le propició una inmensa fuente de subsistencia, como pago él le ofreció lo único que podía ofrecerle, su vida, me dijo: el día que ya no tenga fuerzas, la mar me encontrará aquí, tranquilo y sereno, surcando sus aguas, ella misma será la que se encargará de llevarnos a mí y este viejo amigo (refiriéndose a su barco) con ella.
Al día siguiente yo me encontraba de vigilancia en la atalaya, en la zona más alta de la isla, y poco después de despuntar el sol lo vi partir en su viejo cascarón, con un navegar parsimonioso, como quien no tiene prisa por llegar a su destino, sino justo cuando le corresponda. Comprendí que al viejo marinero no le preocupaba porque, a estas alturas de su vida, ya era la mar la dueña de su destino.
Cuando una tarde de temporal con fuerte viento del estrecho, solicitaron permiso, por radio, para resguardarse en la isla dos pesqueros marroquíes, anteriormente ya lo había hecho uno argelino y tras ellos un pequeño y raído velero, más parecido a una cáscara de nuez, que en el medio de aquella tremenda ventolera y la mar picada parecía increíble que se mantuviese a flote.
Me tocaba a mí guardia en el muelle así que, junto con otro compañero, tuvimos que acompañar al sargento para las inspecciones de rigor. Era habitual que los días de temporal o viento muy fuerte en el estrecho, las pequeñas embarcaciones que transitaban por la zona solicitasen, por radio, permiso para poder refugiarse en el muelle de la isla, mientras amainaba el fuerte viento, y a pesar de ser zona militar restringida, se les solía permitir hacerlo, se inspeccionaba la embarcación, se tomaba nota de la documentación y si se trataba de pesqueros, generalmente, dejaban como compensación unos cuantos kilos del pescado de las capturas, amén de otras mercancías que portaban de “extranjis”, normalmente tabaco y alcohol.
Cuando le tocó el turno al velero, me quedé sorprendido. Era una embarcación de madera, ajada y muy rudimentaria, de unos cuatro metros de eslora, con un pequeño tambucho de camarote, un mástil con una sola vela y el timón de caña manejado a mano, “Albatros” era su nombre, no llevaba ningún instrumento electrónico, era la navegación pura y dura, con brújula y sextante, nada más. Su pabellón francés y su puerto de origen Marsella, aunque en esta travesía venía de Tánger.
El tripulante era ya un hombre mayor, bastante mayor, un francés, un auténtico viejo lobo de mar, con barba y pelo canoso; en sus brazos llevaba tatuada más de media vida, simbolizada por sirenas, neptunos, delfines, barcos, anclas, mujeres desnudas, corazones rotos con nombres de mujer, diversas leyendas…
Mientras realizaba las tareas de amarre y los pertinentes trámites de filiación lo estuve observando, le pregunté hacia donde se dirigía, debo decir que mi conocimiento del francés es el justito para pasar el día, aún así nos entendimos. Pese a su aspecto sobrio y parco en palabras, se mostró con ánimos para charlar, llevaba más de media vida navegando por el Mediterráneo, lo había recorrido desde el estrecho hasta el Bósforo siempre con el mismo barco, lo había construido él, con sus propias manos, un día decidió que lo que deseaba era navegar y vivir en total libertad, siendo únicamente él y el viento los dueños de su destino. Prácticamente no tenía nada, solamente aquel viejo cascarón por barco, pero se le veía feliz, no era una vida fácil, pero era la que él había elegido y le gustaba. Me habló entonces de la dureza de la mar y le pregunté que pasaría cuando ya se viese sin fuerzas para poder navegar solo, y me dijo que la mar se cobra sus tributos, él llegó a un acuerdo con ella, durante todos estos años, y esperaba que unos cuantos más, la mar le había facilitado todo lo necesario para vivir y cubrir sus necesidades básicas, le facilitó el medio por el cual desplazarse y vivir la vida libre e intensamente como había querido y le propició una inmensa fuente de subsistencia, como pago él le ofreció lo único que podía ofrecerle, su vida, me dijo: el día que ya no tenga fuerzas, la mar me encontrará aquí, tranquilo y sereno, surcando sus aguas, ella misma será la que se encargará de llevarnos a mí y este viejo amigo (refiriéndose a su barco) con ella.
Al día siguiente yo me encontraba de vigilancia en la atalaya, en la zona más alta de la isla, y poco después de despuntar el sol lo vi partir en su viejo cascarón, con un navegar parsimonioso, como quien no tiene prisa por llegar a su destino, sino justo cuando le corresponda. Comprendí que al viejo marinero no le preocupaba porque, a estas alturas de su vida, ya era la mar la dueña de su destino.
viernes, 16 de marzo de 2018
¿Por qué los marineros llevaban un arete de oro en la oreja?
Conozco dos versiones sobre esta cuestión. La primera es la que más he oído, y hace referencia a que los marineros, en los siglos XVIII y XIX, acostumbraban a “decorar” su cuerpo según las proezas náuticas que lograban. Así se tatuaban a Neptuno, sirenas, anclas, rosas de los vientos, etc., según surcaban mares, doblaban cabos, cruzaban estrechos, etc. Pero los que conseguían doblar el cabo de Hornos, situado en el extremo meridional de América del Sur, por su peligrosidad y el gran número de naufragios que allí se producían, orgullosos de ello y para que la hazaña quedara reflejada de por vida, se colgaban en su oreja izquierda un pendiente en forma de aro. La costumbre se extendió con rapidez como símbolo de valor y temeridad. Hay quien sostiene que dos puntos más en el globo completaban esta proeza y eran doblar el cabo de Buena Esperanza, al sur de África, que algunos afirman que otorgaba el privilegio de poder llevar un pendiente en la oreja derecha, y el paso de York, en Oceanía.
Pero hay otra historia, que explica porqué los marinos de la época llevaban al menos un pendiente de oro macizo. Los hombres embarcaban por años y muchos temían no regresar a casa. Podían morir en cualquier puerto de fiebres, disentería, o de una puñalada, y el pendiente de oro les aseguraba un entierro digno si morían en tierra. Y si era en el mar donde entregaban su alma, algún fiel amigo que lograse regresar, podría llevar la joya a su familia y paliar en algo la miseria y el dolor de estos.
Pero hay otra historia, que explica porqué los marinos de la época llevaban al menos un pendiente de oro macizo. Los hombres embarcaban por años y muchos temían no regresar a casa. Podían morir en cualquier puerto de fiebres, disentería, o de una puñalada, y el pendiente de oro les aseguraba un entierro digno si morían en tierra. Y si era en el mar donde entregaban su alma, algún fiel amigo que lograse regresar, podría llevar la joya a su familia y paliar en algo la miseria y el dolor de estos.
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