domingo, 2 de noviembre de 2014

Pontevedra – Orígenes III (Del Medievo a nuestros días)



En el siglo III todo el mundo romano se ve afectado por una profunda crisis que marcará el comien­zo de una lenta decadencia. Con la irrupción, a finales del siglo IV, por las fronteras del Rhin y del Danubio de una serie de pueblos, a los que los romanos denominaban genéri­camente bárbaros, esta crisis adquiere caracteres de descomposición. Uno de estos pueblos, los suevos, se asentarán en Galicia.
Sobre estos siglos oscuros, que van desde la crisis del siglo III hasta el comienzo del renacimiento urbano y comercial en el siglo XII, apenas tenemos noticias documentales y los testimonios arqueológicos son escasos. Por lo tanto, no hay ningún resto que nos indique que aquí se hubiese mantenido asentamiento alguno.
Debemos de esperar hasta el año 1163, donde Pontevedra hace su apa­rición en la historia, con motivo a la donación de Fernando II al monasterio de Poio de la mitad de los diezmos de la iglesia de Santa María.
En 1169, Fernando II otorga un fuero real al burgo de Ponte Veteri, el llamado “Fuero de Pon­tevedra”. Primer fuero pontevedrés que fue concedido por el rey de León en Ciudad Ro­drigo.

Fuero Real de Alfonso X, año de 1264. Pergamino que se conserva en el Museo de Pontevedra. Confirmación del otorgado por Fernando II en 1169.

Sobre este fuero real inicia su andadura la vida municipal pontevedre­sa. El texto no sufre alteración alguna cuando es confirmado en Sevilla, en 1264, por Alfonso X; realizado a petición de dos representantes del concejo que desea una confirmación del mismo por el monarca, pues el original, en palabras de los mismos: “porque este priui­legio non era sellado et por mala guarda fuera dannado de agua”.
La Ponte Veteri medieval fue donada, por el monarca leonés, en 1180, a la mitra compostelana; bajo cuyo señorío permaneció hasta la abolición ge­neral de los señoríos en 1811. Numerosos privi­legios de los monarcas castellanos ampararon su apogeo bajo medieval, que tuvo como sectores punteros la vocación pesquera y salazonera del arrabal marinero de la Moureira y la actividad artesanal y mercantil de la villa amurallada.
Los motivos que habrían podido llevar a Fernando II a fundar una población a orillas del Lérez son diversos. Entre ellos destaca su valor estratégico; los invasores portugueses del territorio gallego en el siglo XII solían detenerse precisamente en el Lérez, inclu­so sobrepasarlo en pocos kilómetros como lo hizo Alfonso Enríquez en 1166, cuando se hizo fuerte en el castillo de Cedofeita. La construcción del nuevo puente medieval que reemplazaba al construido en época romana, fue quizá el motivo que animó al monarca a fundar una ciudad-bastida para ga­rantizar su defensa.
La donación de la mitad de los diezmos de la feligresía de Santa María de Pontevedra, en 1163 al mo­nasterio de Poio, nos da motivos para creer que Pontevedra ya existía antes de la concesión foral. Una explicación podría ser que esta diferencia cronológica tan escasa indicara que la villa ya se estuviese fundando y construyendo su puente, por lo que aún no estaría confi­gurada en su totalidad en el año de su donación. Otra explicación es que la villa estuviese asentada en otro lugar y que en 1169 se hubiese trasladado a la zona actual, tal vez por cuestiones defensivas.
La configuración topográfica del promontorio sobre el que se levantó la villa, determinó en gran medida su desarrollo. Se trata de un espolón, semi­circundado por los ríos Lérez y Tomeza y coronado por una amplia plataforma. La villa comenzó a formarse desde su zona más baja, la próxima al puente del Burgo. El camino y el puente se­rán, al igual que en la época romana, las causas directas del poblamiento medieval pontevedrés, y de ahí hacia el otero donde se ubica la iglesia de Santa María, con el tiempo, una pri­mera cerca rodeó el asentamiento. En sucesivas ampliaciones se ordenó en torno a las dos elevaciones, la ya mencionada, y donde se construyó el convento de los franciscanos. Las ca­lles se estructuraron en torno a un eje principal que se corresponde con las actuales calles Sarmiento e Isabel II y; desde ahí partieron el resto de calles formando un ejemplo clásico de villa medieval con plano en espina de pez.

Dibujo de Pontevedra, distribución de sus calles en el siglo XV a modo de espina de pez. (José Benito García) 

En los últimos años del siglo XIII y comienzos del XIV, razones de tipo defensivo y fiscal obligaron a construir otra muralla, en la que se encuadró el nuevo burgo.
El auge del siglo XVI se tradujo en numerosas actuaciones urbanísticas y en nuevas construcciones. Se restauraron o reformaron edificios, calles, plazas, las murallas, los muelles, hospitales y templos; pero también se erigieron nue­vas construcciones como la Casa Consistorial, la alhóndiga, la traída de aguas y las fuentes de la Herrería y Santo Domingo, así como un elemental sistema de alcantarillado. Entre las edificaciones religiosas y asistenciales se encuentran Santa María del Camino, San Bartolomé y el hospital de San Juan de Dios; pero la obra cumbre del siglo XVI pontevedrés es, sin duda, la basílica de Santa Ma­ría, mandada construir por el Gremio de los Mareantes.
Villa y arrabal, burgueses y mareantes, la convirtieron en una ciudad activa, dinámica y abierta a todas las rutas; alcanzando en el siglo XVI el cenit de su esplendor, como reflejan las descripciones del Licenciado Molina y de Ambrosio de Morales.


Dibujo de Pontevedra, realizado por Pier María Baldi en 1669, cuando formó parte del cortejo de Cosme III de Médecis en su viaje por España y Portugal, entre septiembre de 1668 y marzo de 1669.

La crisis de los siglos XVII y XVIII modificaron la villa, el vecindario dis­minuyó de forma continuada y en la estructura social se produjo un progresivo empobrecimiento. Pontevedra permaneció durante estos dos siglos dentro de sus murallas, muchas casas fueron abandonadas y el arrabal de la Moureira quedó casi despoblado.
Durante el siglo XIX, una medida que contribuyó a revitalizar de algún modo la decaída vida pontevedresa fue su nombramiento como capital de pro­vincia por Real Decreto de 30 de noviembre de 1833, tras salir victoriosa de su pugna con Vigo y la obtención del título de ciudad por Real Carta, otorgada por Isabel II el 23 de noviembre de 1835.
Las nuevas funciones administrativas, derivadas de su condición de capital provincial, le confieren una nueva personalidad apacible, culta y dis­cretamente decadente, con la que ha llegado a nuestros días. A partir de ese momento se somete a un cambio radical transformando su estructura urbanísti­ca. La vieja villa derribó sus límites amurallados, ensanchó y empedró sus calles, diseñó planes de modernización y amplió sus comunicaciones con el exterior. A mediados de siglo se derribaron las murallas y puertas, por carecer ya de su fi­nalidad defensiva y fiscal; empleando sus piedras en el empedrado de las calles y vendiendo las sobrantes. También se derribaron las Torres Arzobispales y los edificios religiosos, como San Bartolomé (hoy en su solar se levanta el Teatro Principal y el Liceo Casino) y el templo del convento de Santo Domingo, del que solo se conserva parte de su cabecera; la cárcel del puente del Burgo fue derribada en 1865 y en su lugar, años más tarde, se levantó la primera plaza de abastos cubierta; se derriban soportales y se enlosan la mayoría de sus calles; se hacen también las primeras aceras; se trazan nuevas calles y se urbanizan las plazas, construyendo fuentes en algunas de ellas, la vieja fuente de la Herrería se sustituye por otra nueva.
 
Palacio de la Diputación Provincial. (Dibujo de Remigio Nieto).
El sostenido crecimiento demográfico obligó a remodelar el casco his­tórico, a planificar el ensanche y a embellecer los espacios públicos. Las clases altas residían en el ensanche, en las zonas comerciales y en los enclaves resi­denciales tradicionales de Santa María, Teucro, Isabel II y Alhóndiga; las clases medias vivían en el resto del recinto histórico y las clases bajas se asentaban en la Moureira, el antiguo barrio marinero que, tras dos siglos de crisis y despo­blamiento, vuelve a cobrar importancia. Entre las actuaciones en los espacios públicos, una de las más brillantes y acertadas fue la realizada en el conjunto de la Alameda y las Palmeras, donde se construyeron edificios nobles para alber­gar las instituciones propias de la capitalidad, como el instituto, la Diputación, el grupo escolar (hoy Gobierno Militar) y el Palacio Municipal (Ayuntamiento), obras estas tres últimas del insigne arquitecto Alejandro Rodríguez-Sesmero.
A principios del siglo XX, la línea costera se prolongaba hasta la desem­bocadura del río Tomeza; la ría todavía describía la ensenada de Lourizán, domi­nada por el palacio y finca de Montero Ríos, en la actualidad Centro Forestal y la de Mollabao, frente a cuya capilla “dos Santos”, expresaban los marineros su devoción al entrar y salir de la ría. En la desembocadura del Tomeza comenzaban los peiraos, que desde la edad media sirvieron de muelles a la flota marítimo-pesquera pontevedresa, extendiéndose hasta más arriba del puente de la Barca. Todavía la ciudad se reduce a lo que fueron siempre sus dos núcleos principales y originales, el centro histórico y el barrio de la Moureira. El crecimiento será muy lento durante las primeras décadas y no fue hasta los años sesenta y setenta cuando se implantó una etapa de desarrollismo que al­teró la morfología urbana; se derribaron numerosos edificios históricos, salvo el casco antiguo, y se destruyó el contacto con el Lérez y la antigua Moureira. Hoy en día todavía continúa la expansión de la ciudad y la remodelación de calles y plazas, adaptando su morfología a una ciudad más dinámica como se quiere convertir, acorde con su época.


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