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domingo, 11 de marzo de 2018

La verdadera historia del infame pirata Benito Soto. Parte 1ª


Para nuestra desgracia y estigma Benito Soto nació en Pontevedra, en el Arrabal de la Moureira, el 22 de marzo de 1805. Fue matriculado como marinero el 18 de noviembre de 1823, contando 18 años, y su vida no tuvo mayor relevancia hasta los hechos que a continuación se narran. Esta es su verdadera historia.

En su hoja de embarque se le describe con pelo y cejas castaño, hoyoso de viruelas y ojos negros, y la descripción que dan sus secuaces al ser apresados es de un hombre alto, color trigueño, picado de viruelas, cerrado de barba, con patillas negras, grueso, ojos y cejas negros, nariz y boca regulares, pelo negro, con un dedo, que es el pequeño de la mano derecha encogido y en la rodilla izquierda una cicatriz.

Todo comenzó el 22 de noviembre de 1827, cuando partió del puerto de Río de Janeiro el ber­gantín brasileño Defensor de Pedro, al mando del Capi­tán de Fragata de la marina imperial del Brasil don Pedro Mariz de Sousa Sarmento, armado en corso y mercancía, con 40 hombres de tripulación y destinado a la compra de negros en la costa africana para el comercio de esclavos.

Benito Soto embarcó en el bergantín con la plaza de segundo contramaestre, y según resultó en la causa, ya se había ejercitado antes de esta época en la vida pirática, a la que intentaba arrastrar a los demás. Este hombre unía a una clara inteligencia, un carácter indomable y los más feroces instintos criminales, puestos de manifiesto más de una vez con los duros castigos que aplicaba a los marineros de a bordo.

El 3 de enero de 1828 dan vista a las costas africanas y fondean en el surgidero de Ohue, punto elegido para entablar las relaciones con los reyezuelos del país. En la noche del 26 de enero de 1828, aprove­chando que el capitán se encontraba en tierra con par­te de la tripulación, se produce la rebelión fruto de la cual Benito Soto y Miguel Ferreira, apodado Mercurio, natural de Ferrol, junto con sus secuaces se hacen con el gobier­no del barco, poniendo rumbo a la isla de la Ascensión.

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Antes de descubrir esa isla y a los pocos días de navegación se comete a bordo un asesinato alevoso. Mal avenido Soto con el carácter y pretensiones de Miguel Ferreyra, cuyas miras ambiciosas estorban los planes que había concebido, decide deshacerse de él. En el silencio de la noche se dirige, con Antonio el vizcaíno, al lugar donde Ferreyra descansaba y disparándole, cada uno un tiro de pistola, se deshace sin riesgo de aquel temible enemigo, quedando Soto como único jefe del buque y de los piratas.

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A los veintitrés días de su partida del surgidero de Ohue, llegan a la isla de la Ascensión, al día siguiente por la mañana, esto es el 19 de febrero de 1828, dan caza a la fragata inglesa Morning-Star. Cuando se encontraban a seis leguas de tierra, observaron como a dos de distancia un bergantín armado les daba caza. Pronto conocieron los de la fragata la clase de enemigo que se les echaba encima, estos, hallándose sin armas, útiles, ni medios de defensa, pusieron todo su empeño en encomendar a la fuga su salvación. Con un pasaje compuesto, además de los trece hombres que componían su tripulación, por el Mayor Logie del regimiento de línea número 97, con su esposa y un niño pequeño, diecisiete inválidos de diferentes regimientos de la isla Ceilán, cuatro mujeres con nueve niños que junto con otros empleados y pasajeros compo­nían un total de cincuenta y una personas, todos bajo el mando del Capitán Thomas Gibbs.

Haciendo caso omiso de los disparos de advertencia que realizó el ber­gantín, continuaron su fuga, pero la embarcación pirata era de un navegar pro­digioso y en el transcurso de una hora se hallaba ya a su costado. Los piratas, después de haber disparado varios cañonazos, izaron la bandera de la Repúbli­ca Argentina, confeccionada por uno de ellos de forma rudimentaria, ya que había muchos corsarios de esa nación que hostigaban al comercio brasileño, pensando así que de esa manera sus fechorías se le atribuirían a estos, mer­ced al engañoso pabellón que enarbolaron para cometer sus crímenes.

Acosada la fragata, se ve obligada a arriar velas, perdida ya toda esperanza de salvación. Preparados los piratas para el abordaje, armados todos con pistolas, sables y puñales, abordan la fragata entrando en ella con furia, dando gritos, golpeando e hiriendo a cuantos se hallan en su paso, cortando cabos e inuti­lizando todo lo que encuentran. Encierran a los pasajeros y tripulantes bajo la escotilla y se dedican al pillaje y eso no era más que el prólogo de las escenas de horror que siguieron.

Aquellos crueles y sanguinarios piratas no atendieron a las súplicas y plegarias que las mujeres con sus hijos en brazos les hacían; lejos de eso, mientras unos registraban el buque y se apoderaban de todo cuanto encontraban de valor, traspasándolo al barco pirata, otros como José de Santos, Nicolás Fernández, Domingo Antonio y Saint-Cyr Barbazán las humillaban y violaban vilmente, este último forzó a la mujer del mayor Logie, mientras esta le suplicaba por la vida de su esposo, e incluso le cortó un mechón de su cabello que guardó en una cajita de marfil y mostraba al resto de los piratas alardeando de tan repugnante hazaña.
           
El saqueo del barco duró desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde, finalizado el mismo comieron y bebieron en una orgía de excesos. Benito Soto se había propuesto el total exterminio de cuantas personas hallasen en los buques saqueados, creyendo por tal medio borrar el rastro de sus enormes delitos; así ordenó que no se dejase a nadie vivo en el barco y envió a Francisco Goubín para que le diese algunos barrenos y se fuese a pique. A las diez de la noche dan por concluido el abordaje, los piratas regresan a su barco y Soto da orden para que se de muerte al capitán y los marineros detenidos en la bodega del bergantín, así como a otros tres marineros que les ayudaron en el transbordo de las mercancías; ante las súplicas de estos se les mató de un disparo a unos, degolló a otros y apuñaló a los restantes, y aunque alguno herido consiguió tirarse al mar, lo que le esperaba era una muerte segura.

(Continuará…  y aún vamos por el primer barco)

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